Retórica (Aristóteles)

Retórica (τέχνηηητορική O también περηητορικςς) es una de las obras acroamáticas de Aristóteles, aquellas obras que son compuestas por el filósofo para ser estudiadas por sus estudiantes en la escuela secundaria. La obra, compuesta durante la última fase de la vida del Estagirita, y después de la poética (entonces hasta el 330 A. C.), recoge las reflexiones relacionadas con la retórica desarrollada por Aristóteles durante su propia existencia. El texto se compone de tres libros, para cada uno de los cuales, siguiendo a Roland Barthes, se puede identificar un tema preciso: el Libro I está dedicado a la figura del orador; el Libro II trata del público; el Libro III, más corto, aborda el tema del discurso real. Además, se pueden distinguir dos etapas de redacción en el Tratado: una primera etapa, caracterizada por el estudio de los elementos entechnoi (propios de la retórica como techne), corresponde a lo que está escrito en el Libro I (excepto cap. 2 y parte de 15), mientras que una segunda fase es reconocible en los dos libros posteriores.

El libro que abre la retórica aristotélica está dedicado a la figura de quien emite el mensaje: El orador. Aristóteles propone aquí una definición de la retórica como techne, analizando los tres tipos de discurso (judicial, deliberativo, epidítico) y los tipos de argumento, en la medida en que son elegidos por el retórico para adaptarse al público. Aristóteles define la retórica como "la Facultad de descubrir los posibles medios de persuasión sobre cada sujeto" (I, 2, 1355b). Esta habilidad le es peculiar y la diferencia de otras técnicas, que se ocupan de persuadir a una audiencia, pero solo con respecto a los temas específicos que tratan. A diferencia de lo que Platón declaró en la Gorgia, Aristóteles atribuye a la retórica el título de techno, más precisamente el único techno capaz de producir persuasión (pythanon) con respecto a cualquier argumento propuesto. El objeto de la retórica no es la Aletheia (verdad), sino el eikós (posible, probable), es decir, lo que es válido en la mayoría de los casos, en relación con todo lo que admite una situación diferente de la tesis apoyada (1357b). Esto hace que la retórica "especule a la dialéctica" (I, 1, 1354a): ambas tratan temas cuyo conocimiento es Patrimonio compartido de todos los hombres, y no pertenecen a una ciencia específica. En este sentido, es comprensible la importancia que Aristóteles da a '' entimema (éνθύμημα), el llamado "silogismo retórico" basado en premisas probables (éndoxa): la dialéctica trata de silogismos, la retórica de entimemes (I, 1, 1355a). La retórica es útil porque, a través del entimema, es capaz de investigar verdades científicas, refutar oponentes o defenderse de acusaciones y críticas. Diferente es el caso del ejemplo (paradeigma), definido por Aristóteles como una "inducción retórica" (I, 2, 1356b). Este último, de hecho, pretende probar la tesis a través de casos análogos a los hechos tratados, lo mismo que la dialéctica hace a través de la inducción. Esto explica por qué la retórica se incluyó a veces (junto con la poética) entre las obras de lógica en la versión extendida del Organon. La cualidad de la retórica radica en encontrar, para cualquier argumento, los medios de persuasión (reales o aparentes) más útiles para su fin. Aristóteles revisa así los diversos tipos de argumentación (pisteis), dividiéndolos en "Técnicos" (entechnoi) y "no técnicos" (atechnoi). Los argumentos no técnicos son aquellos que no son proporcionados por el retórico, sino que son preexistentes, como testimonios, confesiones bajo tortura, documentos escritos (I, 2, 1355b). Los argumentos técnicos, por otro lado, dependen del retórico y se pueden obtener aplicando un método. Estos últimos son así clasificados (I, 2, 1356a1 - 20): estas consideraciones, dice Aristóteles, demuestran una vez más que la retórica es una técnica comprensible solo por aquellos que son capaces de razonar lógicamente, y de reflexionar en torno a Caracteres, virtudes y emociones. En segundo lugar, el filósofo reitera que la retórica es una rama de la dialéctica, así como una filiación de la ética y la política. Aristóteles termina el Libro I analizando los tres tipos de discurso. Para utilizar estos tres tipos es necesario conocer las premisas de la retórica (pruebas, probabilidades y signos), y las características específicas del género utilizado (es decir, el tiempo verbal a utilizar, los tipos de argumentación, etc.).

El Libro II está dedicado al público, es decir, a los que reciben el mensaje. Aristóteles toca los temas de las emociones y analiza cómo los argumentos son transpuestos por la audiencia. La retórica, dice Aristóteles, existe en función de un juicio: toda deliberación debe ser juzgada, y en esto juegan un papel fundamental tanto la actitud del retórico (ethos), como la disposición de la mente del oyente (pathos). La retórica, de hecho, tiene como objetivo persuadir a una audiencia de la bondad de ciertas declaraciones, y para hacerlo, no solo debe tratar los discursos, sino también la forma en que el orador presenta, así como adaptar los argumentos a los sentimientos de la audiencia frente a usted (II, 1, 1377b). De hecho, las emociones alteran las opiniones de los hombres y son capaces de modificar los juicios basados en el placer o el dolor (1378a). Más específicamente, el Stagirite afirma que en la retórica deliberativa el carácter del orador es más importante, mientras que los sentimientos de la audiencia son centrales en el género judicial. En cuanto al orador, debe poseer esencialmente tres cualidades: sabiduría (phronesis), virtud (areté) y benevolencia (eunoia). Un orador que no tiene puntos de vista correctos sobre el tema que está tratando, o que por maldad oculta ciertos detalles o es incapaz de dar un buen consejo, no será capaz de ser persuasivo. Por otro lado, el buen orador también debe saber explotar las emociones en su propio beneficio, logrando despertar en el público aquellas que mejor se adapten a sus propósitos. Por esta razón, Aristóteles dedica una gran parte del Libro II (cap. 2-11) para estudiar las diversas emociones, dando una definición de ellas y analizando las circunstancias y las personas con las que se ha utilizado para experimentarlas. En la orden, el filósofo habla de: ira, mansedumbre, amistad y enemistad (amor y odio), miedo, vergüenza, bondad y grosería, piedad, indignación, envidia, emulación. Curiosamente, volviendo aquí al estudio de las pasiones, Aristóteles se refiere a la lección de sofistas y pitagóricos, para quienes el tema de la psicagogía era central. En reconocimiento de la importancia de las emociones, que de esta manera van junto a las manifestaciones como portadores de persuasión, también es notable la transición de la primera a la segunda fase del estudio de la retoriké Tecno por el Stagirite. Una vez analizadas las emociones, la atención de Aristóteles se desplaza hacia los personajes (ethoi). El filósofo también analiza aquí los diversos tipos de personajes, dividiéndolos según la condición del oyente: el joven, el viejo y el hombre maduro, y en segundo lugar el noble, el rico y el poderoso. Los jóvenes son propensos a seguir los deseos, la razón por la que son apasionados, volubles y volubles, y quieren honrar especialmente, y la riqueza; su carácter es bueno, como la Virgen de la maldad de la vida, y por lo tanto son más propensos a tratar de confiar y creer en las personas mejor de lo que son; y, finalmente, los jóvenes tienen grandes esperanzas, porque potencialmente tienen ante ellos un largo futuro (cap. 12). La situación es diferente para los viejos, y vivir con los recuerdos y son a menudo cínicos, desconfiados y sospechosos a la experiencia del mundo; también no "saben" nada, sino más bien "creen" , y no son capaces de decir nada con firmeza, pero viven apegados a su riqueza y juzgar las cosas de una manera la peor (cap. 13). Entre estos dos tipos, se colocan hombres adultos y maduros, que persiguen un cierto equilibrio en los deseos, como en las emociones(cap. 14). Además de la edad, la condición social y económica juega un papel importante. Los hombres nacidos en una familia noble son individuos con grandes ambiciones, pero despreciando las condiciones de los demás, que consideran inferiores a las suyas (aunque, agrega Aristóteles, los nobles de nacimiento son generalmente personas de poco valor, e incluso, con el paso de las generaciones, los linajes más distinguidos dan lugar a personajes locos, cuando no degeneran en estupidez y letargo; Ch. 15). La riqueza, en cambio, genera personajes arrogantes e insolentes: los ricos creen que pueden evaluar y obtener todo con dinero, y esta gretez los lleva a ser depravados y boriosos, y a hacer alarde de su bienestar, es decir, los ricos son "tontos afortunados" (cap. 16). El que tiene el poder, finalmente, es ciertamente más ambicioso y enérgico que el rico, porque tiene la oportunidad de lograr grandes hazañas, y el hecho de ser un hombre a la vista lo obliga a ser templado (cap. 17). Finalmente, Aristóteles vuelve a los argumentos (cap. 18–26). Como ya se mencionó sobre el Libro I, Los más comunes son de dos tipos: el ejemplo y el entimema. El ejemplo, dice Aristóteles, proviene de la inducción, que es el principio por el cual el razonamiento es posible. Los ejemplos, a su vez, pueden ser inventados por el autor (es el caso de las fábulas o los apologistas); o ser tomados de la realidad (hechos realmente sucedidos, hechos históricos, etc.); lo importante es, sin embargo, que tengan alguna analogía con el objeto del discurso. En el ejemplo, sin embargo, se debe preferir, cuando sea posible, el entimema (II, 20, 1394a), ya que son similares al silogismo, deben ser utilizados para las demostraciones (ya sea que apoyen o contrasten con una tesis; II, 22, 1396b), y en este caso, el ejemplo puede servir como premisa. De hecho, el entimema parte de aquellos supuestos cuya validez es reconocida por la audiencia o el juez frente a ella, de modo que el oyente es consciente de la evidencia de los argumentos. Cuatro son los tipos de premisas de cada uno de los cuales se deriva un tipo diferente de entimema: de la prueba (tekmerion) el entimema apodítico, del ejemplo el entimema inductivo, del probable entimema anapodítico y del signo el entimema asylógico. De estas, las entimemae anapodícticas y asylógicas son aparentes entimemae, ya que no son de carácter de necesidad. Conectado con el entimema y la argumentación lógica es también la teoría de los lugares (topoi), descrito en el cap. 2 del libro I. Los lugares, que caracterizan los silogismos y las entidades, pueden ser comunes o propios: los primeros se refieren a causas de carácter general, mientras que los propios están relacionados con una determinada especie o un determinado género. Los lugares comunes pueden a su vez dividirse entre los de entidades reales y los de entidades aparentes, para cada uno de los cuales se dan ejemplos en el cap. 18. Finalmente, Aristóteles habla de la importancia de las máximas, entendidas como declaraciones "de carácter universal" sobre lo que se puede elegir en relación con una acción. Tienen un cierto efecto en el público, especialmente si se refieren a conceptos generalmente bien aceptados por aquellos que están escuchando; de lo contrario, debemos recurrir al entimema, cuya conclusión será, precisamente, una máxima (II, 21, 1394a).

El Libro III se dedica finalmente al mensaje real: es el lugar de lexis (el latino elocutio), de las diversas figuras que se utilizarán en los discursos, y de taxis (lo que Quintiliano llama dispositio). Para ser persuasivo no basta con tener argumentos sólidos, sino que también hay que saber organizarlos, ordenarlos adecuadamente y elegir el estilo de vez en cuando más adecuado al contexto. Por esta razón, se debe tener especial cuidado en las elecciones léxicas, para que el discurso cumpla con los requisitos de claridad y conveniencia. Para ello también es posible recurrir al léxico poético y a figuras retóricas, y hacer uso de comparaciones, similitudes y metáforas (cap. 2). Además, el tono también tendrá que adaptarse, subir o bajar cuando sea necesario, y adherirse a un cierto ritmo en la prosa con el fin de no tener éxito desagradable. Finalmente, la actuación también jugará un papel importante, en caso de que el discurso sea oral (obviamente diferentes son las especificaciones para el discurso escrito). En particular, Aristóteles se centra aquí en la metáfora, como un elemento en común entre la poesía y la retórica. De hecho, se cree ampliamente que la elocución se originó a partir de la poesía, y que solo más tarde la elocuencia en prosa (retórica) se separó de la poética; sin embargo, la retórica ha mantenido, para sus propios fines, el uso de trucos poéticos, como la metáfora, que responde a la necesidad de claridad, amabilidad y refinamiento (III, 2, 1404b). En el mismo nivel también se coloca el uso de la antítesis, es decir, la presencia de elementos opuestos, que, si se conocen, generan placer en el oyente. Aristóteles concluye la retórica analizando las partes de las cuales se debe componer una oración. En cada discurso siempre hay dos momentos fundamentales, la enunciación de la tesis (prótesis) y su demostración por medio de argumentos (pistas). Las otras partes que se indican son válidas dependiendo de los casos y géneros de habla: .

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