Citua

Citua (Situa / Zitwa) es un término quechua que identifica una ceremonia particular en uso en el Imperio inca. El ceremonial, muy complejo, tuvo lugar en agosto, el décimo mes del año peruano, llamado Coyaraimi. Coincidió con el inicio de la temporada de lluvias y se pretendía prevenir enfermedades que, precisamente con la llegada de las lluvias, se utilizaban para golpear a la población andina con mayor virulencia.

El relato de esta fiesta ha sido transmitido por muchos autores, pero dos en particular lo han examinado en todos sus detalles. Estos son Bernabé Cobo y Cristóbal de Molina, conocido como el cuzqueño, que no debe confundirse con otro escritor español del mismo nombre de la época. Hay razones para creer que Cobo, autor posterior, escribió su relato sacándolo del de Molina. Es por eso que sus descripciones son tan similares. El inicio de la fiesta fue precedido por una consulta, en el Coricancha, el Templo del sol, entre los sacerdotes y el Consejo Imperial presidido por el propio Inca. En esta reunión se definieron los detalles de la ceremonia que podían variar, de año en año. Una vez definidas las modalidades de la celebración, se llevaron a cabo los preliminares. Las estatuas de Viracocha y Chuquilla, tomadas para la ocasión de los respectivos templos de Quishuarcancha y Pucamarca, fueron traídas por primera vez a la plaza principal de Cusco. Al mismo tiempo, todas las personas que no eran nativos de Cuzco fueron expulsados de la ciudad. Junto con ellos iban a dejar a todos los que manifestaban deformidades, jorobados, enanos o endebles, ya que se creía que la causa de sus desgracias estaba determinada por los pecados cometidos y que no era auspicioso su presencia, en esta ocasión. Para no perturbar la serenidad de la ceremonia, todos los perros también fueron sacados de la ciudad, para que, con sus ladridos, no perjudicaran las celebraciones. Cuando todo estaba listo, todos los ciudadanos, armados, se reunieron en la plaza principal gritando: "enfermedades, desastres, desgracias, fuera de esta tierra." En el Centro de la plaza, cuatrocientos hombres estaban esperando, en forma de guerra, divididos en cuatro equipos de cien hombres cada uno, que, gritando "fuera del mal" , se dirigió, corrimos, hacia los cuatro puntos cardinales. Los que corrían hacia el Este, hacia el Collasuyo, llegaron al desfiladero de acoyapongo, a dos leguas de la ciudad, donde les esperaban otras personas armadas que comenzaron a correr en una especie de relevo. Otras personas les dieron el cambio al río Quiquijana donde entraron, con armas y armaduras, para bañarse y purificarse. Los guerreros se dirigieron hacia el oeste, es decir hacia Chinchaysuyo, se detuvieron después de solo una legua, cerca de Salpina, pero los que, allí, los esperaban se dirigieron hacia el Apurímac donde fueron a lavarse ritualmente. Los que se dirigían al norte, hacia el Antisuyo, se detuvieron una legua y media más lejos, en Chita, donde fueron detectados por otros que, dando el cambio con otros guerreros esperando, llevaron el mal hasta el río Pisa. La primera parada de los que se dirigían hacia el sur, hacia Contisuyo se hizo en Churicalla, a dos leguas de Cuzco. La raza de esta facción continuó, sin embargo, con las mismas intenciones que las otras, hasta el río Cusibamba. Mientras tanto, toda la población permanecía en la ciudad, acompañaba su carrera con fuertes gritos e invocaciones contra el mal, luego, entrelazaban alegres danzas en las que participaba el propio Inca y que duraban toda la noche. Por la mañana todos fueron a lavarse ritualmente en manantiales o ríos y, a su regreso, encendieron grandes paquetes de paja, remolcados con cuerdas, que se pasaban de mano en mano con gran habilidad. Al regresar a sus hogares, la población se dedicó a un rito propiciatorio. Todos se rociaron la cara con una harina de maíz especial, llamada "sanco" ya preparada para el propósito, y frotaron cuidadosamente las jambas de las puertas, la ropa y las despensas. El resto del día se pasó comiendo y bebiendo las mejores cosas que tenían disponibles. Durante la noche las estatuas de las principales deidades, la de Viracocha, del sol y del Trueno, fueron llevadas a la Gran Plaza, y por la mañana, cuando el Inca hizo su aparición en la explanada con su legítima consorte, también se desplegaron todos los restos momificados de los gobernantes fallecidos. Todo el cuerpo sacerdotal, incluyendo aquellas figuras que normalmente ejercían su actividad de culto en el más estricto secreto, se desarrollaba junto al Inca y la nobleza que lo acompañaba. Cuando todos los ancianos habían tomado sus asientos, la población entró en la plaza, dividida en circunscripciones y separada en dos partes distintas, Hanan y Hurin. El día transcurría así entre las danzas rituales en traje y las ceremonias oficiadas por los más altos sacerdotes. Al día siguiente la plaza fue ocupada en el mismo orden que el día anterior, pero esta vez también se introdujeron numerosas cabezas de ganado para sacrificio. El sacerdote del sol fue designado para sacrificar cuatro animales, uno para Viracocha, uno para el trueno, uno para el sol y el último para Huanacauri, la principal Huaca de los Incas. Con la sangre de los animales se rociaron grandes bacilos de sanco y la harina así tratada se dividió entre todos los transeúntes. La carne de las víctimas también se dividió en pequeños trozos y se distribuyó a todos, pero antes de hacerlo, el sacerdote examinó los pulmones para auspiciarlos para el año siguiente. Las órdenes individuales de sacerdotes recitaban oraciones, cada una por los dioses a los que estaba consagrado, luego se sacrificaban las muchas bestias restantes y su carne se distribuía entre los presentes junto con grandes cantidades de chicha, mientras tanto, se llevaban a la plaza. El día continuó, entre banquetes y bailes y la fiesta se reanudó al día siguiente con el mismo ritual y, de manera continua durante un total de cuatro días. Al tercer día, sin embargo, también se permitió a extraños que fueron llevados a la plaza con su huaca, especialmente transportados a Cuzco. Cristóbal de Molina nos asegura que el creador de esta fiesta fue el Inca Pachacútec quien ampliaría y haría grandiosa una celebración similar, ya en uso con sus predecesores.

Mitología inca

Sara Mama

En la mitología inca, Mama Sara (Mama Zara en quechua) era la madre del maíz y era parte de las deidades de fertilidad, protectora del hogar. Fue representada c...

Religión en América del Sur

Esta página se basa en el artículo de Wikipedia: Fuente, Autores, Licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual.
This page is based on the Wikipedia article: Source, Authors, Creative Commons Attribution-ShareAlike License.
contactos
Política de privacidad , Descargos de responsabilidad